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Escrito por Jose Natalio Estrada
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El centauro ciego
Los peones estaban contentos. A pesar de lo recio de la faena del día, todos charlaban de buen humor alrededor del fuego. Las presas de una ternera se doraban al calor de las llamas crepitantes y alegres, cuyos fulgores hacían resaltar como en relieve aquellas caras enjutas de ascetas. Mientras la alegre avidez de la llama chamuscaba las hojas bajas de los árboles, se narraban historias y se hacían chistes. Alguien relataba: <<.....Aquel viejo si que había sido un hombre de verdad. En su juventud no había quien lo igualara. Para él apeársele a un toro en plena sabana era nada. Pasaba el río Arauca a nado, era buen coleador, buen jinete, mataba tigres. Hizo capital y ya viejo, cuando no pudo trabajar más; cuando le fue imposible montar sobre su caballo y salir solo a la sabana, viejo lobo llanero fuerte y dinámico a aspirar el aire cálido de la llanura; cuando ya para el era un imposible salir con su gente a desplegar su estrategia en las cogidas de rodeos; cuando la vista le falló y las piernas no le obedecieron más; entonces se hacía sentar junto al palenque donde venía a morir como un manso lago la sabana. Y allí sentado en las claras tardes de verano, oía llegar el ganado al paradero a rumiar alrededor del humo preparado de antemano. Y cuando de las honduras de la tarde en penumbra llegaba el bramido retador de algún toro, por las mejillas lacias del viejo llanero corrían dos lágrimas......>>
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Modificado el ( jueves, 11 de octubre de 2007 )
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