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Uno no sabe porque se metió tan hondo en el gusto la música llanera, y más allá del simple gusto no entiende porque se le adentró en el alma, hasta hacerse parte de los sentidos y los sentimientos, hasta volverse única música posible, mejor lenguaje, razón de vivir.
Hay posibles explicaciones. Una, la sangre: la sangre materna, su caudaloso torrente de tíos y primos remontando hasta la bisabuela Cornelia, llanera del siglo pasado que se decía sobrina de dos de los lanceros del Pantano de Vargas, dueña de cinco leguas de sabana en las del Tocaría, sangre del bisabuelo Ovidio, guariqueño del Sombrero, huido de quien sabe cual de tantas guerras, sangre festiva de la abuela Elvira, que enferma un veinte de Julio en Sogamoso, escuchó tocar a la banda de la alborada " El Alma Llanera", le dijo a mi madre "mija me están despidiendo", y murió al rato.
Sangre de don Vicente, el abuelo, caporal de ganaderías por los caminos del llano y del cerro, hacedor de hombres y de hatos, jugador de dados, tomador de brandy, tañedor de requinto, listo el puntazo de las botas para el acompañante que se le atravesara. También, porque no, la sangre paterna, de campesino boyacense conquistado por la tierra plana, buena para plantar su reciedumbre.
Otra explicación, la crianza. Me crié estudiando a muchos fríos de distancia; ansiando bajar al llano y encontrar de nuevo el pozo del caño, el caballo manso, el perro compañero. para las vacaciones, en el fundo del tío, mientras nos rascábamos con sabroso desespero en las cabuyeras del chinchorro los sabañones cogidos en la madrugada becerrera del corral de ordeño, no nos vencía el sueño escuchando a los muchachos cada noche sus relatos de lances, barajustes, lazos y corcovos. Al otro día traicionados por un caucho viejo que nos dejaba ver de la llovizna, entre los corozos de un paradero, teniendo rodeo, empezábamos a robarnos una que otra carrera y los chicharrones y tajadas del bastimento, y mirábamos enlazar, colear, torear, atajar, jinetear: Entonces el cuento de la media noche era verdad en el mediodía de la sabana.
Envolviéndolo todo estaban los silbos, los dichos, los corridos, los gritos y la música. Fiestas de días y noches, en las que dormíamos mecidos por el valsear de las parejas, acunados por el guitarro, la bandola y las maracas tocando un golpe sabanero, Al despertar reñían los versos del caney con los gallos del totumo del patio, y el golpe sonando. Hasta por el camino de regreso, al compás de los cascos, metido en la cabeza, nos perseguía incansable.
O el vivir, ejercer los sentidos. Oír: los primeros discos, Adilia Castillo " La novia del llano", "Aconteció en matas altas" de Jesús Cravo, el leco de un cabrestero por el paso rial de Oroto en el Tocaría; los cuentos de Pedro Rimalas, Tío Conejo, del Silbador; los cantos de ordeño de una noche imborrable en el Teatro Colón; el "Cajón de Arauca Apureño", y el "Golpe Tirano" y "Llanero siente y lamenta" y el " Caimán de Bocabrava" y "Florentino y el Diablo; la porfía de dos copleros relancinos donde nacen versos perfectos que no se repetirán nunca.
Ver: los vaqueros peleándose el lazo de un toro en un paradero; un parrando en la sabana portugueseña, donde las mujeres bailan con la jetera en el hombro y sus caballos asomándose; las manos callosas que acaban de soltar la riendas y el rejo para coger la pajuela de cacho y registrar una garipola en el bandolón; los llaneros viejos, sabios, diestros, maliciosos; la luna en menguante.
Oler: la caballeriza al llegar la peonada, el rastrojo quemado, la palma florida, la nostalgia del llano. Saborear: el topocho cocido, el toro tumbao, el beso de una criolla, un guayabo de amor, agua de tinajero, joba de monte. Palpar: la crin, el nudo, la espina, el callo, la cuerda.
Aprender: sacudir sin ritmo las maracas, pelar lazos, encontrar caminos.
Leer: encontrar a "Doña Bárbara" y " La Vorágine", el llano como arte mayor. Escribir en un cuaderno repleto de tachones letras que hablan del llano.
Y la mejor explicación: el sentimiento, que no puede explicarse. Hay un momento en que el guafazo se lleva todo, los dedos del arpista, la muñeca del cuatrista, los capachos entre la maraca, los pies en el piso de tierra, la improvisación del coplero, el alma del oyente....no obedecen al entendimiento, sino a la emoción. Por eso tengo aún como termómetro del gusto, el esperar que se me erice la piel cuando oigo un pajarillo.
Familia Cholo, somos guates, pero somos joropo; el llano es nuestro y nosotros del llano, sin requisitos de nacimiento, solo con el sello del alma.
Yo escarbo mis razones, ¿ y las suyas? , No las conozco. Pero sé que llegamos al mismo punto por distintos - no contrarios - rumbos. Siempre la sangre, el aprendizaje: ejemplo y voz y mandador de Don Manuel, el cariño de Doña Sara, sombra y amparo para los solazos y los aguaceros, manos tiernas para tejer la capotera, colar el café y dar la bendición. Usted tiene en su historia muchos más toros enlazados, caballos jineteados, corridos escritos, parrandos vividos, sabanas recorridas, pasajes entonados, muchachas suspirando; más llano y vida y sentimiento, harto sentimiento... pero no seguiré intentando explicar su corazón de copla, Cholo
Solo sé que su obra, cámara, su canta, su "Quitarresuellos", su "Bonguero del Casanare", su "Luis Quinina", son parte de la explicación que muchos damos a la querencia por la música criolla.
Usted es culpable, y aquí me tiene, amadrinándole sin saber de eso, amadrinándole el potro nuevo, que es bueno. Ojala que corra duro, que abra rumbo, que beba viento, familia, ¡déle llano!
(Con un chaparrazo de hermano)
"Cachi" Ortegón Yopal. Casanare. |